domingo, 20 de diciembre de 2009

Democracia contra héroes (I)


Victor Reyna

El héroe es la gran figura ausente del teatro costarricense en la primera década del Siglo XXI.

Basta echar un vistazo a la cartelera de San José, principal circuito teatral del país, para advertir que existe un gran vacío en torno a ese personaje que nace de los ideales más genuinos de la nación y representa su futuro.

Muchas de las principales problemáticas que golpean al costarricense contemporáneo han hecho mutis por el foro, dando paso al sainete, el drama histórico y algunos espectáculos posmodernos de excelente factura, pero avocados a temas ultra costarricenses como la carrera armamentista. Y frente a una nación acorralada por las mafias caribeñas, los carteles de la droga, la inseguridad, la corrupción y la burocracia, el teatro parece no tener respuestas, o por lo menos no las que esperamos.

La desconfianza ha sembrado resentimiento en torno a la posible concepción de un nuevo héroe local. Pues parece que estamos necesitados de un héroe de nuevo tipo o de una heroína. El modelo heróico romantico no se ha convocado a escena. Más bien se le teme. Sin embargo Costa Rica no es la excepción en Hispanoamérica. Porque para que aparezca el héroe “la sociedad ha de tener un grado de cohesión suficiente como para que existan unos valores reconocidos y comunes. Sin valores no hay héroe…” dice Aguirre e Hispanoamerica esta revisando detenidamente el concepto de salvador al que tanta atencion le habia prestado años atras.

Ni Latinoamérica ni Costa Rica confían en los héroes. Viene siendo así desde los años 60 del siglo pasado, cuando comenzó el proceso de devaluación del héroe moderno. La arete heroica se ha desvanecido como se han desvanecido los sueños de desarrollo y justicia para los países ubicados por debajo del Río Bravo. Y en este continente de lo “real maravilloso”, en el que lo maravilloso sigue siendo exclusivo de un reducido grupo y lo real le corresponden por antonomasia a la mayoría no se vislumbra la llegada de un Robin Hood que reparta bienes y restablezca el orden perdido. Y el teatro no es menos.

El teatro ha reconocido como la conciencia social se reorienta a favor de cambios, que se vienen produciendo en la psiquis del continente y ha dado las espaldas a figuras impostadas que no vienen sino a defraudar la confianza de todos.

El héroe no solo se reconoce como tal por su connotada superioridad sino también por el reconocimiento social, y es lo que viene faltando. Tal vez la democracia ha catalizado la ruina del rol hegemónico del héroe porque ahora todos tenemos voz, voto y derechos. Y lo peor de todo es que muchas veces no existe ese ideal colectivo, tan necesario para poder consolidar a quien nos represente.

No es de extrañar la ausencia de los mismos en el teatro y la dramaturgia costarricense de principios de Siglo XXI, país en el que, por primera vez en la historia de la nación, está a punto de tomar el mando central del estado una mujer.

Esto representa un fenómeno particularmente interesante desde el punto de vista sociológico, estetico y posiblemente dramatico teatral. Será acaso que el país ha dejado de confiar en el héroe masculino? Algunos atisbos de esta problematica han venido apareciendo en obras de dramaturgas costarricenses donde disfrutamos un enfoque sorprendente sobre la familia, la iglesia, el estado y la mujer.