domingo, 26 de julio de 2009

Reportaje al pie de la escena.


Jerzy Grotowsky sacudió al mundo con su teatro pobre cuando presento, en los años 60 del siglo pasado, el manifiesto de un estilo de transición[1] que proponía lecturas enfáticas en torno a dos elementos esenciales: actor y público. Al maestro polaco le interesaba descubrir al actor como un todo aunque para ello fuera necesario la construcción de una poetica performativa particular, a partir de un metodo científico en el que cuerpo, voz y psiquis llegaran a alcanzar el máximo de armonía estética dentro de un fenómeno teatral en el que el espectador permanece como testigo activo, capaz de presenciar y no olvidar.

Con su inusual desapego al texto, Grotowsky libera al teatro de la “matriz literaria”. Desarrolla fuertes y constantes experimentos para fortalecer la capacidad comunicativa del intérprete y su expresión física, así como persigue intensificar los vínculos entre actor y espectador, una de las corrientes más activas del laboratorio de Wroclaw[2]. Contrariamente a lo que se conoce estos preceptos son mucho más trascendentes que la simpleza de una escena desnuda, a lo que popularmente se ha reducido la referencia de teatro pobre. Idea que erróneamente deja de lado la indagación antropológica. Búsqueda dirigida a la expresión original, empeñada en cristalizar la comunicación espectacular por medio de resortes ancestrales. Es por ello que el actor, para Grotowsky, está en el centro de la escena y no precisamente porque se haya despoblado de lo demás. Sino porque ese actor, poblado y edificado desde el interior representa el elemento más rico y maleable del espectáculo sin retoricas de ninguna índole.

Consciente de la herencia grotowskiana Rubén Pagura estructura un homenaje a Julius Fucik, basado en el testimonio que el dramaturgo y periodista checo escribiera durante sus últimos días. Reportaje al pie de la horca sirve de comodín para articular un discurso teatral comprometido con la esencia más genuina del individuo y su derecho a la libertad de expresión y pensamiento, más alla de cualquier apego ideológico.

Uno de los elementos más sobresalientes en la puesta, que también dirige el propio Pagura, es el intento de estimular esas reacciones humanas primitivas en el actor que tanto sedujeron al maestro polaco. Hacia ese actor convertido en todo teatral, sin auxilio de los consabidos bienes parafernales, hasta alcanzar la expresión plena, sin cortapisas ni bloqueos, se dirige la revalorización del estudiado sistema psico-físico.

Grotowsky es el artesano de la técnica inductiva. Su contraposición a la acumulación de habilidades del actuante le llevó a provocar una rebelación/revelación del actor contra sí mismo en aras de restaurar sus impulsos naturales. Cuando asistimos a la propuesta de Julius disfrutamos, de alguna manera, un espectáculo cargado de este tipo de premisas, donde las artes expresivas del actor facilitan la fluidez de un conjunto de gestos, sonidos, movimientos, en ocasiones más cercanos a un ritual primitivo que a un ejercicio contemporáneo de actuación. Aunque también conocemos que lo contemporáneo suele ser contradictoriamente primitivo porque lo que más nos llama la atención es la recuperación de lo arcaico.

El texto de Julius avanza al servicio del actor – director y el público articulando un proceso de identificación ideológica en el que interviene la conciencia del intérprete y la metaconciencia del personaje. Es decir, un proceso de pre concientización estética del personaje a través de la mirada objetiva de los encargados de componer la puesta en escena. Cuando Julius se convierte en personaje teatral, ya había sido mitificado. Y Julius, como personaje-mito, alcanza una dimensión metalingüística en escena cuando al convertirse en vehículo de confrontación entre el actor, puesta y público, suceso que el texto original o la versión dramatúrgica no provocarían por si solos.

En el espectáculo unipersonal de Rubén Pagura reina el cuerpo del actor. Inmerso en un profundo ciclorama negro y con una pequeña pantalla de cine tensada por cuatro puntos, el centro de la escena se convierte en una monumental rosa de los vientos. Allí gravita la escena alrededor de puntos cardinales dictados por el actor por medio de la excelencia de sus recursos expresivos. Cartografía teatral que completa una silla ordinaria en torno a la que el actor gira teatralmente y mientras derrama su provocación histriónica recibe el bombardeo de las luces.

El complemento de la magra utilería es, sin dudas, el cuerpo simbolizante y virtuoso, las sombras, la voz y la fragmentación de códigos teatrales que alcanza relevancia en el montaje como la creación de zonas espacio-temporales delante y detrás de la pantalla estática. Conjunto de elementos que facilitan la recontextualizacion del texto original de Fucik.

El juego consciente con las sombras, que alcanza alto valor dramática, está estrechamente relacionado con otro de los postulados del maestro polaco, a veces olvidado, en ocasiones retomado. Con Grotowsky se altera la relación habitual actor – espectador y para él uno de los elementos de importancia en la creación del espacio de representación era la búsqueda de ese lado infantil, primitivo, especie de regresión a los orígenes, que le permitirá tanto al actuante como al intérprete (el público) responder espontáneamente y sin prejuicios socioculturales, ante el fenómeno de la escena.

La animación de la palabra inanimada se convierte en un recurso fundamental para el maestro polaco y alcanza un acabado virtuoso en el trabajo actoral de Julius. Pagura es un prestidigitador de la palabra. No es tan importante lo que se dice sino como se dice. Y la animación de la palabra, en ocasiones se refuerza con la animación del espacio, en un juego tridimensional de prestaciones del cuerpo, donde se está cercano a alcanzar el nivel ritual dentro de la escena. Escena que, de manera inefable, codifica conexiones ditirámbicas, veladas por esa pantalla de cine que, lejos de recibir pasivamente, proyecta, como una vía de doble sentido referencial.


A la edad de ocho años tuve ocasión de encontrarme con el texto del periodista y dramaturgo checo en la “Biblioteca Espontanea” de la escuela primaria donde cursaba los primeros grados en el arte. Entre Chaplin, Verne y Fucik transcurrieron largas horas de lectura individual. Pero siempre tuve muy presente la cabellera negra de aquel Julius, tan lejano e intangible, que permaneció en mi mente a lo largo de muchos años y que aun hoy me resisto a olvidar.

Confieso que el encuentro con el cabello argentado del actor (Rubén Pagura) provoco en mí una pequeña conmoción. No era esa la caracterización que esperaba. Decididamente me había dejado arrastras por una convención. Pensé entrar en contacto con un actor caracterizado y rejuvenecido. Sin embargo pronto comprendí que el espectáculo no persigue sino todo lo contrario, es decir, desnudar el interior del ser humano (léase actor/espectador) por medio de la ceremonia teatral.

La intensidad de la voz, las energías dominadas y el vibrante intercambio del intérprete con el público, poco a poco fue desdibujando la imagen grabada en mi memoria. Y a medida que el espectáculo transcurría me identificaba más y más con el sistema de signos del cuerpo mimetizado del intérprete. Simbolizante perfecto para alcanzar la psique colectiva a pesar del color de su pelo.

Nos enfrentamos a un texto que nació sin ser dramático y que el propio interprete, en su doble condición de actor/director, dramatiza mediante una versión erudita. El valor trascendente de las páginas de Fucik embarga el espacio cerrado de la representación, sórdido y deshumanizado, en cuanto a color y forma, en contraste con la serenidad del profundo humanismo de su contenido.

En otras palabras, la controversia interior versus exterior, hacia donde apunta toda la reflexión grotowskiana, se evidencia en la obra. Praga se rinde a nuestros pies por medio del actor. Sus puentes y callejuelas estrechas aparecen y se desvanecen a través de la coloratura, las transiciones y el desarrollo de la acción que todos sabemos termina en tragedia[3], pero que el actuante logra elevar a categoría de mito, cuando brazos, piernas, tronco y expresión se proyectan más alla del escenario, del aquí y el ahora.

El actor doma con serenidad la nada teatral, proveniente de esa superficialmente entendida pobreza grotowskiana. Y constantemente logra un exquisito transformarse mediante la activación de experiencias sensoriales que tienen su punto de partida en la concepción nemotécnica de la mise en scene.

Pero Julius no es una obra publicotropista. Lo cual representa una verdad de Perogrullo. Se advierte en el discurso teatral la negación a provocar la aceptación y el elogio fácil del público. El espectáculo huye de formulas clásicas porque se trata de un producto artístico confrontativo. El actor tiende hacia la maestría técnica en la misma medida que el espectáculo intenta rescatar la simbiosis original de la creación artística en la que ritual y arte estaban interconectados para provocar reacciones genuinas.

Si bien el propio Pagura reconoce, en la anatomía del espectáculo, rasgos del legado de Eugenio Barba y Peter Brooks[4], no es menos cierto que la esencia grotowskiana prevalece por encima de las demás como espina dorsal del espectáculo. El protagonismo del actor, la importancia de la expresión física, la animación de la palabra y el debate con el público no pretenden ilustrar un texto sino proponer una vía de evacuación de respuestas, esas que provienen del respetable[5] y que puede estimular el simbolismo activo del intérprete, cuyo indiscutible precursor no es sino el director de El Teatro de las 13 Filas. [6]

Fucik muere físicamente para trascender en su texto. El apetito de inmortalidad de Fucik cristaliza en la ceremonia ritual-teatral de Julius. Cuerpo, voz y energías del actor pavimentan un pasaje de recordación a las víctimas del holocausto, reflexión sobre la esencia del ser humano y alrededor de las posibles dimensiones de la vida más alla de la vida, episodio que atormenta por igual a público y artistas.

Pagura interpreta con su cabello argentado a un Julius Fucik detenido en el tiempo y nos remite a un teatro desnudo, despoblado y pobre[7]. De una pobreza contradictoria donde la única riqueza posible es la capacidad histriónica del intérprete en busca de la excelencia interpretativa en ese viaje en busca de la verdad que ha tenido varias estaciones: Opole, Wroclaw, Pontedera[8]. La verdad contradictoria del ser humano, que de tan moderno continua siendo tan arcaico.



[1] Al decir de Eugenio Barba, quien con el tiempo se convertiría en uno de los mas grandes exponentes de los postulados growtoskianos y en cierta medida uno de los discípulos más avanzados del maestro, cuando propone una manera muy particular de enfocar el fenómeno del arte escénico en el que el actor continua el viaje a los orígenes antropológicos y se encuentra con la esencia de su expresión artística.

[2] Durante los años 60, Grotowsky se refugia en Wroclaw para desarrollar sus experimentos teatrales y desde allí desafía al resto del mundo con su peculiar visión del espectáculo, el actor y el espectador.

[3] No por gusto Julius Fucik desaparece al final de la obra abandonando la escena a la que no regresa ni para recibir los aplausos del público. La lectura en este caso es muy clara, el personaje, el héroe, el hombre nos dejo el legado de la palabra tras su desaparición física.

[4] Peter Brooks ha dedicado gran parte de su trabajo artístico a explorar sobre la poetica teatral de Jerzy Grotowsky y es uno de sus continuadores.

[5] …respetable público…

[6] Jerzy Grotowsky desarrollo su labor de dirección y experimentación teatral durante varios años en la sala del mismo nombre.

[7] Alejado de la retorica teatral Grotowsky perfila su concepto de teatro pobre sin el lastre del teatro aristotélico opuesto radicalmente a la épica teatral de Bertold Brecht.

[8] El laboratorio teatral de Grotowsky estuvo radicado en varias ciudades: hasta 1965 en Opole, de donde se traslado a Wroclaw para terminar en Pontedera, la Toscana italiana, donde murió de una enfermedad, según dicen los periódicos, “no precisada”.



viernes, 24 de julio de 2009

Del vodevil urbano al teatro de arte en San Jose.

SEGUNDA PARTE

El Valle Central es una isla. El escudo telúrico circunvalante protege la ciudad de desastres naturales, pero también y la inoportuna visita de los forasteros. Llegar a San José no es resultado del azar sino de la voluntad. De modo que el josefino, por antonomasia, ha sido un hombre aislado dentro de su propio país y esto caracteriza su psicología. Y estas peculiaridades se reflejan en la dramaturgia, tanto local como la selección extranjera, que termina en las tablas “del viejo Chepe.”

El humor teatral contemporáneo no es ajeno a la evolución histórica. Y sin dudas existen nexos estrechos con el mosaico de clases sociales y la heterogeneidad de la instrucción que polariza el divertimento josefino. Bien conocemos que no todos nos reímos de lo mismo. Mientras la clase alta se inclina, muchas veces, hacia la opera neoyorkina y el humor refinado, con poca resonancia en la escena local, los cuellos blancos y azules prefieren la sencillez y ligereza de la pieza rufianesca, y este es el target. La Generacion Y que sale a gastar dinero en diversión.

Para mantener la taquilla hay que complacer a esa clase solvente económicamente pero sin pretensiones estéticas. A ellos les embarga la pereza de pensar. Por tanto los mejores temas son las dos fuerzas que mueven el mundo: el sexo y la plusvalía, al decir de Carpentier, y en este caso la escena. Florece la parodia soez a los arquetípicos travestis y gay, extranjeros brutos; mientras también aparece el eterno duelo entre la muerte y la infidelidad, de las que nadie escapa y que nos agrada siempre que se trata en tercera persona.

En épocas de crisis el teatro se comporta como parasito. Luego de aferrarse a las más débiles cuerdas sociales de ellas extrae, como el vampiro, la jugosa sustancia que lo alimenta. Lejos de desvanecerse y perder el norte, la crisis josefina constituye la sabia que fortalece el maderamen teatral y dramatúrgico. El país y su teatro enfrentan la crisis de finales de siglo XX y principios de siglo XXI dinamitando sus cimientos por medio del humor.

Conforme las grandes depresiones han generado grandes comedias, las salitas de San José se han ido alimentando de una especia de “vodevil urbano” resultado de la agonía social que ha generado grandes dividendos. Un vodevil en el que se entonan estrofas, pero no se canta, se estructuran pasos de danza, pero no se baila y muchas veces resulta copia de ciertos guiones hollywoodenses, como formula garante del éxito taquillero.

La parodia a la sociedad en pleno, el dibujo de arquetipos populares contemporáneos que ya van conformando una iconografía teatral fácilmente reconocible por el espectador, la morcilla (improvisación) de los actores sobre el texto original, la libertad para re-crear el texto en dependencia de las situaciones, el apoyo musical y la caricatura, no son mas que herencias de los minstrels norteamericanos, y el teatro que taladra la sociedad con el choteo. No se trata de un teatro bufo costarricense, sino de pinceladas aisladas que no terminan por cristalizar un género y de ahí la necesidad de definirlo como vodevil o sainete urbano. Caracterizado por una ligereza aguda que apela a la razón de la risa sin razón.

Doce de las diecisiete puestas en escena en cartelera en el fin de semana escogido (julio 18y 19, 2009) están sintonizadas con la tendencia anterior. Y no es raro tropezarse en estas piezas con el humor ligero, las pinceladas homofóbica, que se expresa mediante un cómico travestismo teatral y encubre la doble moral, así como la interminable lucha de géneros, la crítica a políticos de turno o la morcilla soez alrededor de los diputados, la corte magistral, la corrupción y los servicios.

El humor echa mano a cualquier tema que pueda provocar reacciones hilarantes en el público. Y facilita todo tipo de equívocos, desde los más bizarros hasta los más arbitrarios. Lo importante es la comicidad y la taquilla. Sin embargo, una vez que cae el telón no perdura la sustancia en la mente del espectador más alla del chiste aislado. El “vodevil urbano”, urgente en su condición, no marca definitivamente al espectador que persigue la diversión superficial aunque muchas veces el componente sexual sea intenso y agresivo.

La directora y dramaturgo Cavallini es puntual cuando reconoce que “… salta a la vista (…) una serie de espectáculos que buscan ‘la risa’ y la diversión por medio de textos ligeros que atraen a espectadores, no con el propósito de provocar una risa reflexiva sino un pasatiempo” (Cavallini) Nuevamente estamos frente a la cruenta disputa entre el anfiteatro y el coliseo.
Bell, lo define sin ambages: “teatro comercializado” (Bell, 2000). Y de este modo clasifica a la comedia que apela a temas urgidos de risa estéril. Obras en las que “no se estudia, no se llega al fondo, sino que nos quedamos en la fachada y el teatro pasa a ser vil y vulgar comercio de espectáculos pobres y risas para tontos.” (Marner Miller)

El vodevil urbano se caracteriza por un apego especial a los temas urgentes de la sociedad que son tratados con cierta inmediatez. De este modo el productor asegura el éxito de taquilla. Y sin que nos quepa duda, esta audacia teatral le ha permitido capitalizar el público del Valle Central.
La música y el chiste sin situación, de la mano de intérpretes que establecen constantemente relaciones con el público favorecen el acercamiento y la recepción del respetable. Ningún recurso mejor para desarrollar la parodia y la sátira que un público cómplice y a partir de aquí, no importa la trascendencia sino el divertimento in situ.

Entre el teatro bufo cubano, desarrollado a finales del Siglo XIX y principios del siglo XX, y el vodevil urbano costarricense, que aun se mantiene en cartelera, existen algunos puntos de contacto que resulta interesante destacar. La pieza es breve, nunca sobrepasa los dos actos. El argumento se concibe a partir de temas de actualidad e interés social. Algunos de los personajes se repiten constantemente hasta cristalizar un tipo teatral: veamos el caso del Nica, por ejemplo. Y por último las alegorías y parábolas son constantes y muy agudas.

Cierto es que la libertad de expresión es un arma de doble filo. Pudiendo decir todo a nuestro antojo no es necesario simbolizar y el condimento satírico se nutre muchas veces del simbolismo y de encubrir aquello que no se puede señalar directamente, lo que al mismo tiempo genera mayor placer histriónico. Y por último es evidente, estamos en presencia de un género que se define más como un quehacer escénico que como teatro de autor.

El contexto donde se desarrolla el vodevil urbano costarricense de principios de Siglo XXI es peculiar. El país continúa dividido entre dos tendencias, por un lado a favor del TLC y por otro contra el tratado. Y a pesar de los esfuerzos del gobierno una gran parte de la población advierte desidia por parte del ejercicio gubernamental a la hora de apoyar a las grandes masas populares. El país refiere un alto índice de satisfacción y felicidad mientras como contraste aparece en cada esquina un indigente, un asalto, un accidente mortal y los precarios se camuflan con la publicidad que adorna las carreteras.

La Costa Rica que sirve de telón de fondo a este teatro consolidado es el país que vive con el resentimiento de muchos de sus habitantes por el aumento de la crisis moral interna, la elevación del costo de la vida, el deterioro de la seguridad nacional y el resquebrajamiento de todos los valores que edificaron un país seguro y apacible, años atrás.

Pero es menester reir antes que llorar porque la humanidad de despide de su pasado riéndose de el, según comenta Carlos Marx. Y la risa, el choteo y la parodia representan armas infalibles para despedirse de la inmediatez.

Mientras este tipo de teatro gana un público mayoritario y sus temporadas teatrales se extienden exageradamente, sinónimo de gran acogida popular, muchos coinciden en calificarlo como decadente y pseudoartistico, plagado de vulgaridad e intrascendente. El efecto se repite. Nos enfrentamos a un fenómeno respaldado por el gran público y vituperado por la crítica especializada que no es exclusivo de Costa Rica. Pues fenómeno similar se origino en la Perla del Caribe con el combate a muerte entre los bataclanes franceses y el teatro bufo que florecio en La Habana en la primera mitad del Siglo XX.

Síntoma de que la sociedad repercute de manera directamente proporcional en su teatro es la dualidad de la escena local. Curiosamente frente al teatro de humor rufianesco muchos autores y directores prefieren escoger piezas y dramas que depositan su mirada en el pasado histórico (Figueroa, Teatro…), desarrollan elipses parabólicas (El lugar de los seres imaginados, Maria Silva) o simplemente se apela a la dimensión espectacular de personajes universales (Julius, Teatro 1887). La polarización de la escena costarricense habla por sí sola del debate ético que sus creadores proponen al público y al país. El escepticismo y la frustración sociológica logran su expresión teatral en la cartelera vigente, especie de rebeldía artística por parte de los creadores ante las trampas que la adversidad moral tiende al ser humano.

A pesar de sus detractores el vodevil urbano ha gozado, históricamente, de buena salud y larga vida. Su caldo de cultivo está en la injusticia y las incongruencias sociales que facilitan el mecanismo de placer, por medio de la risa, para activar la válvula de escape que alivia al individuo. A lo largo de la historia muchos escenarios mundiales han visto florecer expresiones teatrales similares: los bufos madrileños de Alderius, los Bouffes Parissiens, los minstrels norteamericanos, la ópera bufa francesa y los bufos habaneros. San Jose no es menos. Y los josefinos se aferran al humor para despedirse de la adversidad inmediata.

miércoles, 1 de julio de 2009

Acertijos de la imaginación


Una tarde agrisada de invierno Rine Leal[1], quien además de ser la mayor autoridad del teatro cubano era un profundo conocedor de la historia del teatro mundial, detuvo la clase en “Elsinor”[2] e introdujo una de sus pinceladas inolvidables. Rine, como coloquialmente casi todos le llamábamos en el instituto, simplificando con la cordialidad toda su grandeza intelectual, manipuló su boquilla, con ese modo tan suyo, y hablo de Pirandello. Apenas unas pocas palabras bastaron para comprender una de las recurrencias del famoso dramaturgo italiano: lo absurdo de la existencia. Y estas fueron las palabras que resonaron en mí al enfrentarme a El lugar de los seres imaginados, obra de la dramaturga uruguaya Maria Silva cuyo estreno mundial podemos disfrutar por estos días.

Acompañado por el frio y la llovizna de la noche sabatina esperamos la apertura del Teatro Vargas Calvo, una pequeña salita apenas para 60 espectadores, ubicada en el centro de San José, justamente detrás del Teatro Nacional. La pequeña fila de espectadores, casi todos vestidos de negro, se esfumo rápidamente entre el lunetario fragmentado en tres grandes zonas. Y nuevamente, como ya viene siendo costumbre en el Valle Central, las tradicionales campanas teatrales[3] han sido sustituidas por un timbre seco que retumbó primero tres y luego cinco veces, indicando el comienzo de la función.

Aunque el ciclorama negro es habitual en muchas puestas en escena, gracias a sus múltiples significados y significantes, en esta ocasión lo negro embarga. Tanto y con tanta fuerza que no podemos permanecer ajenos a su profundidad. Definiendo lo indefinido, paredes, columnas, lunetas y por extensión el público uniformado, lo negro devora la sala y reafirma la sensación de tridimensionalidad en la que puntos cardinales y referencias se pierden en la nada y nos ubican de una vez en una dimensión inexistente porque como sabemos, la nada no existe.

Al centro de la escena se yergue un pequeño conjunto de elementos estructurados con simetría matemática. A la izquierda (mi izquierda)[4] una escalera, hacia mi derecha un par de columnas, al centro un banco derribado. Ángulos geométricos, limpios, perfectos, simulan la presencia impersonal del concreto y el metal mientras el numero 5 (cinco peldaños, cinco tuercas…) nos induce a una lectura semiótica. La escena, entretanto, edifica una postal brutalista en contraste con lo que será el brutal desgarramiento de los personajes.

Comienza el juego

En esta ocasión no son seis sino dos[5], los personajes que procuran al autor. Y no interrumpen el ensayo de un director, sino ellos mismos se encargan de dar comienzo a la obra, demostrando que, finalmente, han tomado la sartén por el mango. A tal punto que la obra podría tratarse de un director en busca de dos de sus personajes.

Cuál es la latitud de los seres imaginados? Acaso una perspectiva personal y/o universal a partir de la cual nacen los caracteres y cobran autonomía en el medio exterior. La localización de ese espacio solo puede ser revelada por el mismo creador y las criaturas creadas. Sin embargo poco importa donde se encuentra exactamente, una vez que los personajes entran en contacto con el público cada quien puede construir su propia dimensión imaginada y a partir de ella o para ella sus nuevos personajes.

El lugar de los seres imaginados edifica un discurso autorreflexivo en torno a la integración del arte a la sociedad y la aceptación del fruto artístico “en el que la participación del director y de los actores, en el manejo del texto, reproduce el acto social de construir la historia…” (Rovinski, 1998). No por gusto gana tanta importancia alcanzar ese otro lado de alla.[6]

Sera porque nos enfrentamos a personajes ya simbolizados (Trevi) antes de ser incorporados al drama por lo que resulta tan fácil identificarse/distanciarse gracias a un sensible grado de ambigüedad/transparencia[7]. Tal vez se deba a la razón que apunta Rovinski quien divisa la sociedad como “… el teatro cotidiano de lo posible y el teatro su reflejo en un ambiente de libertad”. (Rovinski, 1998). De esa especie de teatro posible surgen nuestros personajes. No se trata de seres humanos, tampoco de caracteres amorfos, se trata del fruto de la Creación que inicia una reflexión existencial. La segunda naturaleza[8] (Defez i Martin, 2003) cuestiona la primera.

Caracteres deconstruidos versus arquitectura teatralizada.

Curiosamente entre el brutalismo y El lugar de los seres imaginados existen más puntos de contacto que divergencias, aun cuando se trata de dos manifestaciones totalmente diferentes: arquitectura y drama. Libertad que solo permite el drama y da “…permanencia al fenómeno teatral en la historia.” (Rovinski, 1998)

Muchos críticos advirtieron en el movimiento arquitectónico encabezado por Alison y Peter Smithson cierta tendencia a lo repetitivo. Los diálogos de la obra teatralizada transmiten la sensación de regresar una y otra vez al mismo lugar, especie de Dejavú parateatral. Con ello se induce al espectador a la toma de conciencia frente al fenómeno teatral. Y detrás del recursola dramaturga y codirectora esconde el superobjetivo de evaluar, indagar, cuestionar hasta encontrar una verdad. Ni más ni menos que la verdad fruto de algunas conversaciones nocturnas de la autora del drama, con sus personajes, como manifiesta en las notas al programa de la puesta en escena del 2009.

El desnudo psicológico promueve la retrospección, a partir del cual los personajes edifican la utopía del presente. Ni para uno ni para otro, drama o arquitectura, existen abalorios innecesarios. En la obra y por ende en su teatralización, lenguaje y acción son directos, el discurso deconstruye la ambiugüedad cuando ubica al autor en el banquillo de los cuestionamientos, como si se tratara de una edificio que se abre al exterior para rendir cuentas.

No existen personajes sin autores, ni viceversa. Por lo cual es llamativo que en El lugar de los seres imaginados la escritora proponga, apegada a cierta reminiscencia pirandelliana, como recurso del metalenguaje la unificación de los opuestos en un espacio único: el exilio de personajes y autor en la retorica del pensamiento. Los personajes llegaron a escena a medio construir y se enriquecieron “en el proceso de la puesta (…) con el aporte de todos…” (Silva, 2009). O sea, los personajes fueron importados de la realidad, ganaron personalidad escénica y su dramatismo los mitificó.

Vivos por medio de la imaginación, dramatizados por medio de la creación erudita, los personajes sufren un proceso de repoblación consciente por medio de la añadidura de “significados que (…) derivan de la acción y del pensamiento del personaje (Rovinski, 1998). Donde lo desconocido promete convertirse en la solución a toda suerte de problemas, ese universo romántico de la otredad opuesto a la dramatización de lo inmediato. (Ídem)

Acaso el autor habla de la necesidad de reconocimiento público o del éxito al que todo autor aspira? O son los personajes los que claman por reconocimiento y fama como si se tratara de una Carmen o un Romeo, que han trascendido a la sabia popular gracias a la fama.

Hombre, mujer y escritor sobreviven en una atmosfera enrarecida, insoportable, que no es mas que un circulo vicioso, estructurado matemáticamente para regresar al inicio, porque todos, de alguna manera lo hacemos dialécticamente. Y el Final da pie a repetir la historia incesantemente. Mientras exista un espectador ávido la obra completará el ciclo del cinismo teatral sobre la trascendencia del teatro.

El lugar de los seres imaginados, se integra a la vertiente de teatro de arte que en la primera mitad del año 2009 se puede disfrutar en San José. Ya conocemos que la escena josefina permanece dividida en dos tendencias: por un lado el humor que ha minado el pequeño circuito teatral del viejo Chepe, representado por la comedia, “ese extraño quehacer escénico que, al mismo tiempo nos hace reír y produce malestar” (Rovinski, 1998) mientras en la acera del frente camina en sentido paralelo el drama, cuyas alternativas no representan ni la mitad de la cartelera.

Entre risas y reflexiones transcurren las veladas teatrales en el Valle Central indagando sobre la vida o satirizando sobre ella. Con este título de la autora uruguaya reconocemos, a ciencia cierta, que no se trata del principio ni del fin proceso cíclico del que no escapa ni siquiera el propio creador.

Los personajes obstinados de ser, niegan su identidad y pretenden escapar hacia ese otro lugar desconocido donde alcanzaran un nuevo sentido. Quieren tomar la vida por asalto porque el lugar al que pertenecen, ya no les ofrece ninguna esperanza. ¿Acaso la vida real la brinda?

Trabajos citados

Defez i Martin, A. (2003). Experiencia y naturaleza. A proposito de "Mente y mundo! de John McDowell. Salamanca.

Hornby, R. (1986). Drama, metadrama and perception. Lewisburg: Bucnell University Press.

Leal, R. (2002). Ausencia no quiere decir olvido.

Rovinski, S. (1998). Discurso de ingreso a la Academia Costarricense de la Lengua.

Silva, M. (2009). Notas al programa El lugar de los seresimaginados.

Trevi, M. Metáforas del símbolo.



[1] Rine Leal, destacado intelectual cubano considerado como el decano del pensamiento teratológico de la isla.

[2] Shakespeare desarrolla la acción de su obra Hamlet en Elsinor, donde se ubica el castillo Kronborg. Elsinor también es el nombre de una de las facultades que componían en el año 1987 el Instituto Superior de Arte de La Habana (Música, Artes Plásticas, Artes Escénicas)

[3] El ritual del teatro impone un sistema de códigos que comienza con el sonido metalico de una campana que orienta al publico.

[4] El publico esta dividido en tres zonas alrededor de la escena. Cada espectador, en dependencia de su ubicación, puede tener referencias totalmente diferentes del suceso escénico. De ahí que “mi izquierda” este relacionada con una apreciación personal cuando para otro pudo haber sido “su derecha”.

[5] En referencia a Seis personajes en busca de un autor, del dramaturgo italiano Luigi Pirandello en la que un artista ve interrumpido su ensayo por seis personajes amotinados que reclaman haber sido víctimas de abandono, por parte del creador.

[6] Los personajes (Hombre y Mujer) pujan constantemente por salir, escapar, huir, liberarse, del espacio encerrado en el que se encuentran. ¿Acaso de la insularidad de San José? Mientras el espacio superior, al que todos aspiramos en la vida, esta simbolizado por la presencia de un universo más alla de la escena, del que solo se tienen referencias imprecisas, ruidos, sonidos, alegorías.

[7] El mismo Freud ya nos había convencido sobre el alto poder de las figuras artístico-retóricas, cuando manifiesta que solo se simboliza lo que se reprime, es decir, lo que no puede ser expresado libre y directamente. En el caso particular de la obra no hay razones para esconder, mas bien existen otras muchas para desatar significados en los espectadores más alla de la propuesta de la directora y dramaturga.

[8] McDowell fundamenta el discutido concepto de "segunda naturaleza" mediante el cual defiende la tesis de que los seres humanos alcanzan una segunda naturaleza al desarrollar capacidades conceptuales, cuyas interrelaciones forman parte del espacio lógico de las razones.