sábado, 26 de septiembre de 2009

Incomunicacion, que mala eres...


La tragedia de Romeo y Julieta no descansa en manos de los Montesco y Capuleto sino en las de la incomunicación. Shakespeare nos induce por los caminos del “odio mutuo”, pero deja abierta una puerta al entendimiento de otras causas. Los hijos de ambas familias no pagan el precio del odio de sus padres sino del efecto del aislamiento.

Una lectura reposada de la obra nos permite reconciliarnos con el texto. Las familias rivales son causantes de la enemistad, pero no es la discordia familiar la que desata la muerte de Romeo y a continuación de su esposa. La acotacion del autor es engañosa:

"En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores,
dos familias rivales igualmente nobles habían derramado,
por sus odios mutuos inculpada sangre.
Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores,
que trajeron su muerte y el fin de su triste amor."

Mientras el padre de Julieta ultima detalles para el matrimonio de su hija con Paris, el fraile Lawrence o frai Lorenzo, le entrega a la joven enamorada una poción que le facilitara simular la muerte por algunas horas.

La víspera de su boda ella debe tomarla, entretanto el fraile se asegurará de enviarle una carta a Romeo quien debe aprovechar la noche para rescatar a su esposa del mausoleo. Sin embargo Fray Lorenzo se entera, en el acto quinto, que Romeo nunca recibió su buena nueva y cuando acude a la tumba, con el fin de salvar a los amantes, es demasiado tarde. Romeo yace muerto.

Antes de morir, Romeo mata a Paris en la cripta. Cuando Julieta despierta, Fray Lorenzo intenta convencerla en vano de que abandone el lugar y se salve. La joven hunde el puñal del esposo en su pecho y muere de inmediato en brazos del ser amado.

El portador de la buena noticia es testigo de la tragedia triple. Paris, Romeo y Julieta muertos en el mismo espacio y en prácticamente al mismo tiempo. El plan que urde Fray Lorenzo no surte efecto. Sus buenas intenciones no fructifican. Porque como es sabido, no hay mal que por bien no venga. En todo caso es la actitud profundamente humanista de este sacerdote es una de las posturas mas destacadas en la obra por su visión renacentista de la vida, mas libre, mas esperanzadora, mucho mas moderna. Pero los hombres somos victima de la incomunicación aun en la modernidad.

Fray Lorenzo le promete a Julieta estar a su lado en la cripta, cuando despierte después de la muerte simulada. Pero el mensajero que envía Lorenzo no encuentra a Romeo porque este ha recibido antes la noticia de la muerte de su esposa y ha partido de Mantua no importándole el destierro al que ha sido condenado por el Príncipe. Ya sabemos que las malas noticias tienen alas.

Algún director podría incluso ensayar una versión de puesta en escena que deje recaer la responsabilidad de las muertes de los jóvenes en las manos del sacerdote. Cuando muchos se contentan con escuchar las voces del odio versus el amor, tal vez habría que prestarle un poco mas de cuidado al discurso que nos tiene preparado Shakespeare en torno a la incomunicación, artífice de peores tragedias.

Un pequeño equívoco puede provocar un gran desastre. Tanto es así que las familias enemigas se reconcilian fácilmente después tas la ausencia de sus hijos. Nunca el odio pudo más que el amor, pero la incomunicación siega la pasión, como la rutina fulmina el deseo. Veamos que sucede respecto al amor en la escena segunda del Segundo Acto. Cuando Julieta reconoce que el objeto de su amor pertenece a la familia rival:

JULIETA: Contadas expresiones he oído de esa boca, no obstante te reconozco. ¿No eres Romeo? ¿No eres de los Montesco?

ROMEO: No seré ni una cosa ni otra, ángel mío, si cualquiera de las dos te molesta.

JULIETA: ¿Cómo has llegado hasta este sitio, y cuál es tu propósito? Los muros de esta puerta son altos y no se pueden escalar; aquí podrías encontrar la muerte, siendo quien eres, si alguno de mis familiares te encontrara.

ROMEO: Con las alas que me dio el amor, salté los elevados muros; además, no le tengo miedo a tus Familiares.

Julieta: Te matarán si te encuentran aquí.

Romeo: Diosa mía, tus ojos son más homicidas que las espadas de veinte familiares tuyos. Obsérvame sin enfado, y mi cuerpo se hará invencible.

Julieta: Daría un mundo porque no te hallaran.

Romeo: El velo lúgubre de la noche me protege de ellos. Sin embargo deseo morir a costa de sus manos, amándome tú, que eludiéndolos y salvarme de ellos, cuando me falte tu amor.

Julieta: ¿Y quién te condujo hasta aquí?

Romeo: El amor me dijo dónde vivías. Él me aconsejó; guió mis ojos que yo le había entregado.

Pero ya estamos de acuerdo en que no es el odio el que desata el fin desgraciado. Después de todo el amor ciego de los adolescentes les facilita sobrepasar la aversión de sus apellidos. Desafían la historia y burlan la predestinación. Unen sus vidas a espaldas de sus padres con Dios como testigo. Y la responsabilidad moral de Fray Lorenzo alcanza una mayoría de edad al propiciar la unión de dos seres que se aman genuinamente.

Ahora bien, a pesar de todo el odio entre las familias rivales, si la carta hubiera llegado a tiempo el amor de Romeo y Julieta hubiera cristalizado una historia sensacional de entrega y pasión. Pero la incomunicación origina la adversidad.

Una versión recontextualizada de Romeo y Julieta, en plena era cibernética donde el celular se ha apoderado de la inmediatez nos llevaría al replanteamiento de la intriga que se resuelve, no mediante cartas sino a través del enlace trunco de teléfonos que no se comunican.

Muchas pueden ser las causas, desde la perdida repentina de señal, la débil cobertura de la red, un aparato que de súbito se descarga o un mensaje que llega tardío. De todos modos en la actualidad

Quién sabe si el sonido delator de la entrada de un mensaje suene en la cripta, una vez que Romeo consuma el suicidio. El campanilleo alegre de la buena nueva se torna aciago. El tiempo y la tecnología se confabulan contra los amantes. Incomunicacion, que mala eres...

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