viernes, 24 de julio de 2009

Del vodevil urbano al teatro de arte en San Jose.

SEGUNDA PARTE

El Valle Central es una isla. El escudo telúrico circunvalante protege la ciudad de desastres naturales, pero también y la inoportuna visita de los forasteros. Llegar a San José no es resultado del azar sino de la voluntad. De modo que el josefino, por antonomasia, ha sido un hombre aislado dentro de su propio país y esto caracteriza su psicología. Y estas peculiaridades se reflejan en la dramaturgia, tanto local como la selección extranjera, que termina en las tablas “del viejo Chepe.”

El humor teatral contemporáneo no es ajeno a la evolución histórica. Y sin dudas existen nexos estrechos con el mosaico de clases sociales y la heterogeneidad de la instrucción que polariza el divertimento josefino. Bien conocemos que no todos nos reímos de lo mismo. Mientras la clase alta se inclina, muchas veces, hacia la opera neoyorkina y el humor refinado, con poca resonancia en la escena local, los cuellos blancos y azules prefieren la sencillez y ligereza de la pieza rufianesca, y este es el target. La Generacion Y que sale a gastar dinero en diversión.

Para mantener la taquilla hay que complacer a esa clase solvente económicamente pero sin pretensiones estéticas. A ellos les embarga la pereza de pensar. Por tanto los mejores temas son las dos fuerzas que mueven el mundo: el sexo y la plusvalía, al decir de Carpentier, y en este caso la escena. Florece la parodia soez a los arquetípicos travestis y gay, extranjeros brutos; mientras también aparece el eterno duelo entre la muerte y la infidelidad, de las que nadie escapa y que nos agrada siempre que se trata en tercera persona.

En épocas de crisis el teatro se comporta como parasito. Luego de aferrarse a las más débiles cuerdas sociales de ellas extrae, como el vampiro, la jugosa sustancia que lo alimenta. Lejos de desvanecerse y perder el norte, la crisis josefina constituye la sabia que fortalece el maderamen teatral y dramatúrgico. El país y su teatro enfrentan la crisis de finales de siglo XX y principios de siglo XXI dinamitando sus cimientos por medio del humor.

Conforme las grandes depresiones han generado grandes comedias, las salitas de San José se han ido alimentando de una especia de “vodevil urbano” resultado de la agonía social que ha generado grandes dividendos. Un vodevil en el que se entonan estrofas, pero no se canta, se estructuran pasos de danza, pero no se baila y muchas veces resulta copia de ciertos guiones hollywoodenses, como formula garante del éxito taquillero.

La parodia a la sociedad en pleno, el dibujo de arquetipos populares contemporáneos que ya van conformando una iconografía teatral fácilmente reconocible por el espectador, la morcilla (improvisación) de los actores sobre el texto original, la libertad para re-crear el texto en dependencia de las situaciones, el apoyo musical y la caricatura, no son mas que herencias de los minstrels norteamericanos, y el teatro que taladra la sociedad con el choteo. No se trata de un teatro bufo costarricense, sino de pinceladas aisladas que no terminan por cristalizar un género y de ahí la necesidad de definirlo como vodevil o sainete urbano. Caracterizado por una ligereza aguda que apela a la razón de la risa sin razón.

Doce de las diecisiete puestas en escena en cartelera en el fin de semana escogido (julio 18y 19, 2009) están sintonizadas con la tendencia anterior. Y no es raro tropezarse en estas piezas con el humor ligero, las pinceladas homofóbica, que se expresa mediante un cómico travestismo teatral y encubre la doble moral, así como la interminable lucha de géneros, la crítica a políticos de turno o la morcilla soez alrededor de los diputados, la corte magistral, la corrupción y los servicios.

El humor echa mano a cualquier tema que pueda provocar reacciones hilarantes en el público. Y facilita todo tipo de equívocos, desde los más bizarros hasta los más arbitrarios. Lo importante es la comicidad y la taquilla. Sin embargo, una vez que cae el telón no perdura la sustancia en la mente del espectador más alla del chiste aislado. El “vodevil urbano”, urgente en su condición, no marca definitivamente al espectador que persigue la diversión superficial aunque muchas veces el componente sexual sea intenso y agresivo.

La directora y dramaturgo Cavallini es puntual cuando reconoce que “… salta a la vista (…) una serie de espectáculos que buscan ‘la risa’ y la diversión por medio de textos ligeros que atraen a espectadores, no con el propósito de provocar una risa reflexiva sino un pasatiempo” (Cavallini) Nuevamente estamos frente a la cruenta disputa entre el anfiteatro y el coliseo.
Bell, lo define sin ambages: “teatro comercializado” (Bell, 2000). Y de este modo clasifica a la comedia que apela a temas urgidos de risa estéril. Obras en las que “no se estudia, no se llega al fondo, sino que nos quedamos en la fachada y el teatro pasa a ser vil y vulgar comercio de espectáculos pobres y risas para tontos.” (Marner Miller)

El vodevil urbano se caracteriza por un apego especial a los temas urgentes de la sociedad que son tratados con cierta inmediatez. De este modo el productor asegura el éxito de taquilla. Y sin que nos quepa duda, esta audacia teatral le ha permitido capitalizar el público del Valle Central.
La música y el chiste sin situación, de la mano de intérpretes que establecen constantemente relaciones con el público favorecen el acercamiento y la recepción del respetable. Ningún recurso mejor para desarrollar la parodia y la sátira que un público cómplice y a partir de aquí, no importa la trascendencia sino el divertimento in situ.

Entre el teatro bufo cubano, desarrollado a finales del Siglo XIX y principios del siglo XX, y el vodevil urbano costarricense, que aun se mantiene en cartelera, existen algunos puntos de contacto que resulta interesante destacar. La pieza es breve, nunca sobrepasa los dos actos. El argumento se concibe a partir de temas de actualidad e interés social. Algunos de los personajes se repiten constantemente hasta cristalizar un tipo teatral: veamos el caso del Nica, por ejemplo. Y por último las alegorías y parábolas son constantes y muy agudas.

Cierto es que la libertad de expresión es un arma de doble filo. Pudiendo decir todo a nuestro antojo no es necesario simbolizar y el condimento satírico se nutre muchas veces del simbolismo y de encubrir aquello que no se puede señalar directamente, lo que al mismo tiempo genera mayor placer histriónico. Y por último es evidente, estamos en presencia de un género que se define más como un quehacer escénico que como teatro de autor.

El contexto donde se desarrolla el vodevil urbano costarricense de principios de Siglo XXI es peculiar. El país continúa dividido entre dos tendencias, por un lado a favor del TLC y por otro contra el tratado. Y a pesar de los esfuerzos del gobierno una gran parte de la población advierte desidia por parte del ejercicio gubernamental a la hora de apoyar a las grandes masas populares. El país refiere un alto índice de satisfacción y felicidad mientras como contraste aparece en cada esquina un indigente, un asalto, un accidente mortal y los precarios se camuflan con la publicidad que adorna las carreteras.

La Costa Rica que sirve de telón de fondo a este teatro consolidado es el país que vive con el resentimiento de muchos de sus habitantes por el aumento de la crisis moral interna, la elevación del costo de la vida, el deterioro de la seguridad nacional y el resquebrajamiento de todos los valores que edificaron un país seguro y apacible, años atrás.

Pero es menester reir antes que llorar porque la humanidad de despide de su pasado riéndose de el, según comenta Carlos Marx. Y la risa, el choteo y la parodia representan armas infalibles para despedirse de la inmediatez.

Mientras este tipo de teatro gana un público mayoritario y sus temporadas teatrales se extienden exageradamente, sinónimo de gran acogida popular, muchos coinciden en calificarlo como decadente y pseudoartistico, plagado de vulgaridad e intrascendente. El efecto se repite. Nos enfrentamos a un fenómeno respaldado por el gran público y vituperado por la crítica especializada que no es exclusivo de Costa Rica. Pues fenómeno similar se origino en la Perla del Caribe con el combate a muerte entre los bataclanes franceses y el teatro bufo que florecio en La Habana en la primera mitad del Siglo XX.

Síntoma de que la sociedad repercute de manera directamente proporcional en su teatro es la dualidad de la escena local. Curiosamente frente al teatro de humor rufianesco muchos autores y directores prefieren escoger piezas y dramas que depositan su mirada en el pasado histórico (Figueroa, Teatro…), desarrollan elipses parabólicas (El lugar de los seres imaginados, Maria Silva) o simplemente se apela a la dimensión espectacular de personajes universales (Julius, Teatro 1887). La polarización de la escena costarricense habla por sí sola del debate ético que sus creadores proponen al público y al país. El escepticismo y la frustración sociológica logran su expresión teatral en la cartelera vigente, especie de rebeldía artística por parte de los creadores ante las trampas que la adversidad moral tiende al ser humano.

A pesar de sus detractores el vodevil urbano ha gozado, históricamente, de buena salud y larga vida. Su caldo de cultivo está en la injusticia y las incongruencias sociales que facilitan el mecanismo de placer, por medio de la risa, para activar la válvula de escape que alivia al individuo. A lo largo de la historia muchos escenarios mundiales han visto florecer expresiones teatrales similares: los bufos madrileños de Alderius, los Bouffes Parissiens, los minstrels norteamericanos, la ópera bufa francesa y los bufos habaneros. San Jose no es menos. Y los josefinos se aferran al humor para despedirse de la adversidad inmediata.

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