La máscara acompaña al espectáculo y ha estado presente en un sinfín de ceremonias, rituales mágico-religiosos y fiestas populares desde la más remota antigüedad. Consecuencia de la dualidad de su oposición semiótica, es el instrumento ideal para la expresión histriónica y el contacto con una dimensión sobrenatural: divina o estética. Por ello entender el teatro alejado de la máscara es un ejercicio difícil, mucho más para el fenómeno titiritero, porque si de objetos animados hablamos, por antonomasia, debemos hablar de la máscara.
Comencemos por entender como objeto animado todo aquel cuerpo que, carente de vida autónoma, cobra vida en el acto de la representación escénica por medio de la transmisión consciente de energía dramática por parte del animador. Si coincidimos en este punto comprenderemos por qué la máscara se integra a este universo y alcanza su verdadera relevancia lúdica cuando “revive”.
Ortiz comento acertadamente que “…el poder de la máscara se transmite al que la lleva…” denotando así que los significados codificados en su simbología se apoderan del ejecutante. Sin embargo esto solo es posible si el ejecutante es consciente de la interpretación, asimilación y proyección de ese conjunto de signos y símbolos y si voluntariamente desea retransmitirlos en esa misma dirección. Porque la máscara, como objeto inanimado, no puede más que proponer un mensaje unilateral, en cambio, en manos del animador, la misma máscara puede llegar a constituir su propia antítesis.
Diversa, plural y maleable, la máscara es un pretexto para desatar la creatividad y el virtuosismo de intérpretes, directores y coreógrafos que por medio de ella pueden comunicar al público un conjunto polisémico de referencias interculturales más alla del rostro desnudo.
En la doble vía de la imagen, cuando los significados tienen sentido de acuerdo a los códigos que puede interpretar la sociedad actual, el duelo de emitir y recibir de la máscara funciona como catalizador de la comunicación. Y por medio de una semiótica inteligente, la máscara viva, o sea animada, deja a un lado el modelo preconcebido de su forma para remitir la comunicación a un plano superior y plural construido durante la representación.
La máscara no tiene que demostrar lo que resulta especifico para su imagen general. El mayor reto de la máscara es desatar la controversia entre lo plástico y lo icónico.
El símbolo, a medida que se repite, limita su universo conceptual. La máscara inerte es un comunicador plano. Sin embargo cuando la máscara alcanza la dimensión animada, en el rostro o las manos del intérprete agudo e ilustrado, promueve el derramamiento de luz sobre el pasado (códigos preestablecidos) y el futuro (nuevos significados) mediante el presente de la representación que modifica la semiótica a la que ha estado sujeto el elemento. Y es ahí donde la máscara alcanza su verdadera relevancia.



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